Casi nadie se plantea tapizar un sillón por la tela. Lo que empuja a llamar es otra cosa: la butaca en la que se sentaba el abuelo, el orejero que venía con la casa, el sillón de leer que lleva veinte años en la misma esquina del salón y que ya nadie quiere tirar. Los sofás se cambian; los sillones se heredan.
Llevamos desde 1996 tapizando muebles en Madrid y de todas las piezas que entran al taller, los sillones son los que más historia traen detrás. También son de los que mejor salen, porque suelen tener debajo una estructura de madera hecha para durar.
Un sillón se gasta de otra manera
En un sofá el desgaste se reparte entre tres plazas y varias personas. Un sillón lo usa casi siempre la misma persona, a la misma hora y en la misma postura, así que el asiento cede por un punto concreto y los brazos se rozan justo donde apoya las manos.
Por eso es habitual ver sillones con la tela impecable en el respaldo y abierta en los dos brazos. Y por eso, cuando alguien nos pregunta si merece la pena tapizar un sillón así, la respuesta suele ser que sí: el trabajo se concentra en las zonas gastadas y la estructura no ha sufrido.
Lo que miramos antes de tapizar un sillón
Lo primero, el armazón. Se vuelca la pieza, se quita la arpillera de los bajos y se ven las uniones. Un sillón de haya o de pino macizo con las espigas firmes aguanta otra vida entera; si alguna unión baila, se encola y se aprieta antes de vestir nada.
Después, lo que sostiene el asiento. En piezas antiguas son muelles cónicos atados con cordel, en las de los años ochenta cinchas de goma, y en las modernas muelles ensacados o una tabla con espuma. Cada sistema se repara de una forma y ninguno se sustituye por otro sin motivo, porque el confort del sillón depende de eso más que de la tela.
Y por último el relleno. La espuma de un asiento de uso diario tiene una vida útil y, pasada esa vida, deja la huella marcada y no vuelve a subir. En los respaldos casi siempre ponemos fibra, que es más blanda y no empuja la espalda hacia delante.
El orejero es el que más nos llega
De todos los modelos, el sillón de orejas es el que más entra por la puerta. Tiene un diseño pensado para leer y para que no dé el aire en la nuca, y esas dos alas laterales son justo lo que hace el trabajo más lento: cada oreja lleva su patrón, su curva y su remate.
Se puede vestir liso, con ribete del mismo color, con ribete en contraste o con clavos decorativos en el borde de las alas. El acabado cambia el carácter de la pieza mucho más de lo que la gente espera: el mismo orejero parece de casa antigua o de revista según cómo se remate.

En orejeros heredados hay una decisión que conviene tomar pronto: respetar la línea original o actualizarla. Una tela lisa en tono neutro deja la pieza discreta y encaja en cualquier salón. Un estampado grande la convierte en el mueble que se mira al entrar, y eso también es una forma legítima de tapizar un sillón que ya nadie usaba.

Butacas y sillones de época
Al tapizar un sillón con marco de madera vista, el orden del trabajo cambia. Primero se desviste la pieza, después se revisa y se trata la madera, y solo al final entra la tela, porque cualquier producto que caiga sobre un tapizado nuevo lo estropea.
Estas piezas suelen llevar capitoné, ese acolchado de botones hundidos que se marca uno a uno y se remata a mano. Es el trabajo más lento del taller y el que más se nota cuando está bien hecho: los botones tienen que quedar alineados y todos a la misma profundidad.
Aquí solemos recomendar telas de trama apretada y sin brillo, que es lo que pide una madera trabajada. El terciopelo funciona muy bien en estas piezas, siempre de pelo corto y denso si el sillón se va a usar a diario.

Sillones relax y reclinables
Son los que más dudas generan, así que conviene ser claros. El mecanismo no se toca: se desmonta, se guarda y se vuelve a montar igual. Lo que se renueva es la tela y el relleno que va sobre él, respetando por dónde tiene que doblar la pieza al abrirse.
Cuando lo que falla es el propio mecanismo, el motor o un elevador, eso ya es reparación de herrajes y depende del fabricante. Si el sillón está bien por dentro y solo cansa la tela, tapizar un sillón reclinable sale a cuenta con holgura frente a comprar otro igual.
En estas piezas evitamos telas rígidas y sin nada de elasticidad, porque trabajan en cada apertura y acaban tirando de la costura. La microfibra y las mezclas con algo de recuperación son las que mejor se comportan.
Preguntas que nos hacéis antes de traerlo
¿Cuánta tela lleva un sillón?
Depende del modelo y, sobre todo, del dibujo. Una tela lisa cunde mucho más que un estampado grande, porque en el estampado hay que casar el motivo entre el asiento, el respaldo y las orejas, y ese cuadre se paga en metros. Lo calculamos con la pieza delante, nunca a ojo por teléfono.
¿Podéis tapizar solo los brazos?
Si la tela original todavía se fabrica, sí, y es lo que hacemos en sillones bastante nuevos con el resto intacto. En piezas con años el aviso es honesto: la tela nueva no habrá tomado el sol ni el uso que tiene la vieja, y la diferencia de tono se ve.
¿Merece la pena en una butaca de tienda?
Ahí miramos el armazón antes de aceptar el encargo. Con estructura de madera maciza, adelante. Cuando por dentro hay tablero aglomerado partido por el centro, lo decimos y no lo cogemos, porque el arreglo dura dos temporadas y el disgusto se lo lleva el cliente.
¿Hay que llevarlo al taller?
Sí: tapizar un sillón es trabajo de banco, con la pieza volcada y desmontada. Recogemos y devolvemos el sillón montado en su sitio dentro de la Comunidad de Madrid, así que por vuestra parte no hay ningún viaje. Antes pasamos con el muestrario por casa, que es donde de verdad se decide el color.
Si tenéis una butaca parada en una habitación porque da pena tirarla, mandadnos dos fotos por la página de contacto: una del sillón entero y otra de los brazos de cerca. Con eso os decimos qué necesita y qué supone tapizar un sillón como ese. Hay piezas terminadas en la galería de tapizados y todo lo que hacemos, en el servicio de tapicería en Madrid.